Visitantes de dormitorio

Fantasmas, espectros, espíritus, duendes, dioses, demonios, ángeles, extraterrestres…

Desde la más remota noche de los tiempos hasta nuestros días, fascinantes e increibles historias de “apariciones” han recorrido la faz de la Tierra para alojarse en todas las culturas, épocas y creencias, deleitando a soñadores, románticos y poetas e inquietando a cronistas, historiadores, folkloristas y, actualmente, a los investigadores de lo paranormal. Un alto porcentaje de esta casuística ha tenido lugar mientras el asombrado observador se hallaba en su lecho de descanso, casi a punto de dormirse o segundos después de despertar.

APARICIONES DE ALCOBA

En la actualidad resurgen estas apariciones anómalas a las que, a falta de mejor nombre, hemos colocado el apelativo de “visitantes de dormitorio”. A pesar de que, como hemos señalado, no es un fenómeno propio de nuestro tiempo, sí lo es la interpretación que actualmente se le está dando, ya que lo enmarcamos -y parte de culpa la tenemos los investigadores- dentro de la fenomenología OVNI. Hoy, el tema OVNI está de moda y en él vertemos más fenómenos de la cuenta, en muchos casos por una malinterpretación del testigo y en otros por nuestras propias creencias personales, posturas incorrectas para tratar objetivamente un acontecimiento de esta magnitud.

Desde que inicié mis andanzas por el universo paracientífico he recogido inquietantes casos de “apariciones de alcoba”, caracterizadas, entre otros muchos fenómenos, por la aparición de “entidades” casi siempre antropomorfas, rodeadas de gran luminosidad y semitransparentes, siendo interpretadas por el perceptor como presencias de familiares fallecidos, fantasmas o espíritus, aunque hoy, tal vez por la influencia de ciertas lecturas, esta interpretación ha dado un tremendo vuelco. Así, en Norteamérica, los libros “Intruders”, de Budd Hopkins, y “Communion”, de Whitley Strieber, han generado una auténtica psicosis “alienígena”, viéndose en estas historias una intervención de criaturas extraterrestres con fines manipulatorios. Puestos a especular, o bien el fenómeno transforma su apariencia, dependiendo de los factores ambientales donde se manifiesta, o bien somos nosotros quienes lo adornamos con elementos del folklore popular. Sea lo que sea, la cuestión es que miles de personas sienten que en su hogar hay un inquilino que, al parecer, no es de este mundo. El trauma o inquietud que originan tales experiencias cambian radicalmente la vida de los testigos y su asimilación depende, en gran medida, del control psíquico, la seguridad en sí mismo y, sobre todo, de un equilibrado estado emocional.

ESOS EXTRAÑOS “NOCTÁMBULOS”

“…Ví que surgía una luz en mi cuarto y que siguió aumentando hasta que la pieza quedó más iluminada que al mediodía. Repentinamente apareció un personaje al lado de mi cama, de pie en el aire, porque sus pies no tocaban el suelo (…) Toda su persona brillaba más de lo que se puede describir y su faz era como un vivo relámpago (…) Cuando lo vi por primera vez tuve miedo; mas el temor pronto se apartó de mí. Me llamó por mi nombre y me dijo que era un mensajero y enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni…” Esta “aparición de dormitorio” fue protagonizada por José Smith el 21 de septiembre de 1823, dando origen a una nueva religión, la “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, conocida popularmente como la Iglesia de Mormón. Más de un siglo y medio después aún continúan estas historias, pero con otro “decorado”…

Julia G. es una joven ama de casa onubense, de 31 años de edad, acostumbrada a sentir en su propia piel estos encuentros desde que tenía ocho años, y aunque sus experiencias no la han llevado a fundar ninguna religión, sí la han hecho enfocar la vida desde una perspectiva trascendente y espiritual, adentrándose en terrenos esotéricos y en lecturas ocultistas… “Estas experiencias me han ayudado -comenta nuestra entrevistada-; me han hecho comprender que existen otras dimensiones, quién es Dios, y comprendo que la muerte no existe y que este mundo es una ilusión…”

No sabemos si la finalidad última de las experiencias de dormitorio, a tenor de las pruebas, es elevar al individuo por encima de los mezquinos intereses humanos, algo así como un impulso para trascender hacia otras “realidades” más sutiles que la nuestra, pero lo cierto es que el trauma vivido al inicio de dichas manifestaciones se transforma progresivamente en algo gratificante, en una auténtica experiencia iniciática por la que los terribles y desconocidos “invasores” se convierten en nuestros mejores aliados, en nuestros íntimos “ángeles de la guarda”…, portadores de luz y de conocimiento. Esta sensación, de lo más común en estos casos, la he comprobado personalmente en algunas de las investigaciones que he llevado a cabo en Huelva; así podría poner el ejemplo de una amable señora de 37 años de edad, Hermelinda Humanes, para quien sus experiencias de “visitantes” -según ella “extraterrestres”, que incluso la han llevado al interior de un OVNI- no son más que duras pruebas preparatorias con un objetivo final: ejercer la “curación”. Más adelante veremos la relación de estas experiencias con el desarrollo de capacidades paranormales. Hermelinda, en un momento de la primera entrevista, que duró más de cinco horas, me dio una clave para comprender por qué muchos consideran positivas estas dramáticas vivencias al afirmar que “soy feliz cuando sufro”, ya que se siente completa y autorrealizada cada vez que consigue superar por sí misma cualquier sufrimiento.

Pero antes de analizar la influencia psicoemocional que ejercen dichas manifestaciones y qué causas pueden originarlas, veamos qué nos cuentan los individuos que se enfrentan a estas insólitas visiones.

EN LA FRONTERA DEL SUEÑO

Hace años conocí a Margarita Lopetegui, quien regentaba una conocida librería en la capital onubense. Solía acercarme de vez en cuando por su comercio para adquirir algún que otro libro sobre temática paranormal, y fue en una de esas ocasiones cuando me confesó su interés por el esoterismo, preferentemente por las doctrinas reencarnacionistas y kardecistas, pero jamás se me ocurrió pensar que fueron ciertas experiencias las que la llevaron a preocuparse por el mundo de lo “oculto”.

“Quiero hablar contigo sobre algo que te puede interesar”, me dijo en un fugaz encuentro por la calle. Un par de días después la llamé por teléfono y quedamos en su casa para el siguiente sábado, 1 de diciembre de 1990. Allí asistí, perplejo, a una larga narración de apariciones, contactos, avistamientos y experiencias extracorpóreas que formaban parte habitual de su vida. Sobre el tema que nos ocupa me relató lo que sigue: “Soñé con mi padre, cosa que me extrañó, pues le conocía sólo por fotos, ya que murió siendo yo muy niña… Me desperté de pronto a eso de las 3 de la madrugada, traté de encender la luz y, en ese instante, vi a mi padre a los pies de la cama; me quedé estupefacta; cerraba los ojos y le veía, los abría y también le veía; cuando me cercioré de que era cierto, mis manos y mis pies empezaron a temblar, pero no sentía miedo (…) La habitación se hallaba a oscuras, pero quedó iluminada por la luz que proyectaban los ojos de mi padre hacia la cama…”

-¿Te comunicó alguna cosa?, le pregunté… “Habló en un castellano perfecto -me respondió con serenidad-. De golpe apareció como la pantalla de un televisor junto a él y entonces allí se proyectó todo el sueño que había tenido”. La “aparición” iba interpretando todas las escenas oníricas que se sucedían en la pantalla… “A partir de ese momento, supe que los sueños dicen cosas muy importantes y a través de ellos tuve muchísimas revelaciones”, añadió con cierta alegría en sus ojos… Desgraciadamente, aunque a esta mujer -que cuenta con 60 años- estas experiencias le han servido de mucho, han afectado enormemente su relación matrimonial hasta el punto de haber sido abandonada por su marido, quien no toleró nunca esas “cosas raras” que le acaecían a su esposa.

No siempre ocurre algo así, y en el caso de Julia G. su marido no solo acepta con resignación las constantes experiencias de su cónyuge, sino que se ha visto “compartiendo” alguna que otra vez las “experiencias de dormitorio”… “Estaba durmiendo -me señala Julia- y mi marido oyó la puerta, como si alguien la abriera, y escuchó murmullo como de mucha gente. Se oyó ruido de tazas, luego pasos… Cuando quiso incorporarse en la cama para ver de qué se trataba, pensando que eran ladrones, se acercó hacia él un gran ojo y, asustado, me llamó… Al abrir los ojos vi que la habitación estaba llena de gente al pie de la cama. Eran figuras blancas, luminosas y todas iguales. No se apreciaban rasgos, como si fueran siluetas, y no tenían brazos. Había una mujer que cantaba y los demás hacían música con sus voces. Me puse a rezar y de momento desaparecieron por la pared…” (mayo de 1987). Este puede resultar un buen sistema de defensa contra el posible ataque de estas “entidades” -como asegura la investigadora Ann Druffel-, sobre todo cuando la víctima se ve abordada por una horrible criatura que le convierte los sueños en pesadillas insoportables.

Como se irá percatando el lector, es todo un reto para nuestra mente saber diferenciar lo real de lo ficticio en estas visiones, que tienen la peculiaridad de producirse en la oscura frontera entre el sueño y la vigilia. Por ello, ciertos relatos que gozan de total coherencia y contienen elementos comunes a otros y que, por tanto, revisten aparente credibilidad, se entremezclan con aspectos absurdos, fantásticos y de dificil definición incluso para quiénes los protagonizan.

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